Siete inviernos atrás,
solo otro y la noche conocieron de nuestro encuentro
yo como un proscrito montaraz,
tu como una doncella de cuento.
Indudables y evidentes fueron tus ojos,
tranquilos y nobles fueron mis versos,
mientras atisbaba el cielo a mi antojo
tratando de asir el universo.
Inefable es el sentir de las eras pasadas,
cuando corríamos por la hierba húmeda,
aferrados de las manos nunca cansadas,
tendiendo una amistad queda.
Supimos de la naturaleza del ser,
de lo libertario de la noche solitaria,
y que en el amor o la guerra solo sirve ceder,
aun cuando nuestra certeza es prioritaria
solo adolecemos el amanecer.
sábado, 27 de septiembre de 2008
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