
Ensimismado en los tiempos en que conocí a mi amada, no logré percatarme del sino que se tendía sobre mi compañero y yo. Avanzando de tramo en tramo, todavía distinguíamos el fuego allá adelante, por un momento no pude dejar de advertir un olor ponzoñoso que se hacía cada vez más insoportable, no dude un instante en el por qué de aquello, ya que el sonido paulatino de rústicos tambores confirmo lo que más temía.
-¡Orcos!-grité
Eso fue lo único que alcance a decir, y quizás todavía vuelan aquellas palabras por el vasto viento, pero lo cierto es que al momento de hablar un zumbido infernal se coló por los aires, una ráfaga de flechas negras nos salió al encuentro. Vi a mi compañero desfallecer, sus miembros se retorcían en el aire mientras paulatinamente su espalda caía hacia la hierba. Cuando logré verle totalmente me percaté de que dos flechas le atravesaban el cuerpo, una en el vientre, otra en un brazo.
Un grito desgarrador arribó desde su desfigurada cara, presos del dolor, sus ojos desorbitados parecían ahogados en la muerte prematura. Yo tuve mejor suerte, si es que acaso en ese momento se podía hablar de suerte, pero en realidad sólo se me había incrustado una flecha en la pierna, pero al momento de intentar sacarla sentí cómo las hojas de la punta me desgarraban la carne, discretamente un calor irrumpió en la pierna herida, luego un dolor intenso me heló el corazón, mi cabeza empezó a dar vueltas y casi pierdo el conocimiento.
Por un momento me pareció estar dormido, pero no fue así, tras unos segundos me repuse y rápidamente fui en auxilio de mi compañero, estaba desmayado, le quite las flechas y cuando me disponía a llevarlo en mi hombro, una decena de orcos apareció por la espesura.
-¡Oh poderoso destino!-grité-. Déjame arrebatarles la vida a estos rostros informes ¡Ahora yo canto porque mi mirada es la espada que empuña mi mano, es la hoja afilada de mi espíritu humillado!
Levanté la mirada, miré al cielo cómo tantos otros han mirado, como tantos otros seguirán mirando, buscando alguna respuesta o tal vez algo de fuerza, alcé mi diestra hacia Menelmacar y cerré mi puño, hundiendo mis dedos en mi palma, tal como lo hicieron lo más antiguos de mis antepasados.
No terminaba de desenvainar mi espada cuando el primer orco se precipitó hacia mi, una atmósfera malsana se cernía por todo mi alrededor, no dude un segundo, y en un sólo movimiento, su cabeza rodaba a mis espaldas, en acto seguido, otra de aquellas bestias me lanzaba una estocada, pero en sus ojos yo desaparecí, rápidamente ya estaba en su retaguardia, hundí mi acero en su espalda, y un liquido púrpura brotó de la piel desgarrada, su cuerpo cayó y en seguida una gran laguna oscura ocupo el suelo. Cuando ya tenía a mi alrededor más de seis de los cadáveres de esas horrendas criaturas, aparecieron los últimos de ellos, en total eran cinco, pero uno de ellos, corpulento y de rostro irreconocible, parecía ser el jefe.
-¡Venid criaturas malditas! ¡Venid a encontrar vuestra muerte!
Y otra vez cuando mi espada ya se manchaba nuevamente con la sangre repudiable de esas bestias, gritaba:
-¡No os escucho! ¿Acaso no tienen garganta? ¡Oh sangre que emana de mis venas! ¡No permitas que estos seres me agravien! ¡Dioses del ocaso, dejadme entonar los cantos de los bosques nórdicos!
Sabía que esta sería la última vez que empuñaría mi espada, mi escudo ya no servía, mi pierna no respondía, pero era en verdad mi espíritu el que ya no respondía, estaba dormido, y ¡Hay de aquel que agoniza en la flojera del espíritu! ¿Acaso no era mi sangre la que otrora navegaba incesante por mis venas y ahora yace coagulada?
De pronto me vi rodeado, me lancé sobre un adversario, pero ya mi destino fatídico se desataba, al instante de hundir mi espada en el gran orco, sentí fugazmente el silbido de una hoja que acariciaba rápidamente el aire justo a mis espaldas. Al voltear, mis espaldas estaban manchadas en sangre.
Rojo e intenso, el fluido de la vida cubría mis vestiduras, se precipitaba gota a gota hacia mis piernas, y de ahí a la tierra. Un dolor encarnado me atravesó todo el cuerpo, en esos instantes, mi compañero caía inerte a mi lado.
No alcance a pensar, pero mi instinto me confió que aquel acto no desaparecería de mi memoria, aquel espíritu, pensé entonces, reposaría en los vientos celestiales por tiempos inmemoriales.
En un abrir y cerrar de ojos, una vida se iba, pero lo hacía para derramar la fuerza sobre otra que yacía en malsanos sopores. Agité mi espada, y mi ira se quebró en las armaduras de los inenarrables, mi espada cantaba, danzaba cortando sus miembros, silbando por los aires la sangre brotaba insistente, púrpura, pastosa a través de cada estocada. Ya no sentía el dolor en mi pierna, toda angustia era indiferente a mis sentidos, sólo quería aniquilar ese deseo insidioso de ver aquellos seres revolcándose de dolor sobre la hierba.
Cuando reposaban en los pastos las entrañas del orco más corpulento, me propuse dar sepultura a mi compañero, aquel hermano de la funesta batalla. Mientras terminaba de apilar las últimas piedras sobre el túmulo, entoné un canto, una elegía en su honor...Hablaba de su nobleza, de los paisajes que recorrimos, de sus ojos grises que entramaban toda posibilidad de la vida, como quien nace en tiempos equivocados, demasiado sabio, quizás demasiado inocente...Algunos versos pretendían describirle, y acaso bordearon algo de lo cierto, pero la verdad es que siempre quedaron en simples bosquejos. Otras letras tal ves más ambiciosas, intentaban relatar la gesta que aquel Edain hizo por su prójimo, espero ahora que esta trova quede en la memoria de todos los arboles, de toda aquella espesura y principalmente de las estrellas hijas del ocaso.
Más temprano que tarde, seguí mi camino en pos de mi aldea, que ya no distaba más que de algunos pies desde donde me encontraba.
En esos momentos sólo pensaba en mi amada, ojalá esté a salvo decían mis pensamientos, la luz que antes divisaba seguía destellando, lo que me siguió dando esperanzas, ya que significaba que aún luchaban las últimas fuerzas.
Cuando ya estaba sólo a algunos pies, se me contrajo el corazón, unos gritos angustiosos recorrían los aires, llantos de niños y gemidos de hombres pidiendo piedad. Rápidamente seguí corriendo, cuando llegué a los portales de la aldea corrí desesperadamente, lo que mis ojos veían no aceptaba objeción alguna de la razón, lo más siniestro que habría de presenciar en mi vida lo hice en aquellos instantes, en los parajes y tierras donde mi niñez asomo paso hacia la adultez. Angustiados y desgarrados se cernían por todos los espacios, los cuerpos sin vida de aquellos que fueron mis hermanos, corrí y corrí, trastabillando en el suelo, creo que caí mas de una vez, mareado, confundido de observar tanta aberración.
De pronto un grito me detuvo el aliento, venía de los alrededores, guiado por él llegue a una explanada y presencié el acto más cruel de todos, una decena de orcos arrastraba de los cabellos a lo que parecía una mujer, la sangre le inundaba el rostro, y sus pies y brazos estaban cubiertos de llagas. Grité hacía ellos y me abalance a atacar. Uno, dos caían a mi diestra y siniestra, sus miembros rodaban a mis pies, sus vientres desgarrados revelaban la anatomía aberrante de seres creados a base de oscuros sortilegios.
Cuando todos estaban muertos, me incliné sobre aquella angustiosa figura, la miré de reojo y pude notar que algo quería decirme.
En ese momento pensé que debería ir en busca de mi amada, tal ves estaba herida o maltratada, porque muerta no lo estaba, ya que mi alma todavía la sentía viva, pero por lo pronto mi deber era acompañar a esa pobre mujer en su último suspiro. Me tomo la mano, y me sobrecogió aquel acto, y no dude en aceptar aquella última petición, me fije en la comisura de sus dedos que apenas imperceptibles se podían ver a través de las heridas y deduje la gran belleza que pudo haber tenido en un pasado cercano.
Por un momento levantó su mano, más bien el dedo índice, y apuntó a Menelmacar hacía una de las estrellas que completaba su hombro, hacía el brazo que tenía la masa, la miré y vi poco a poco como su color antes azul se teñía levemente de naranjo, hasta llegar a un punto en que brillaba roja como la sangre. Eso me hizo levantarme para poder divisar mejor, y descartar que fuera mi imaginación, pero tal fue el caso que era verdad, una estrella de Menelmacar se había vuelto roja.
Miré de soslayo a la mujer y en ese instante me percaté de que lentamente abría sus ojos y cuando finalmente los tenía abiertos lloré como un pequeño como nunca antes había llorado, en aquel momento aquella mujer había muerto.
Cautelosamente una tropa de orcos aparecía por un claro, eran más de veinte, mi espíritu estaba quebrado, no sé cómo, pero en esos momentos todavía seguía en pie, no obstante, mi alma, mi mente, estaban emplazados en otros lugares, gustando del placer de la muerte venidera o quizás derramando lágrimas sobre la tierra, quien sabe, pero lo cierto es, que empecé a cantar una canción antigua, dolorosa, de muerte, de esas que se repiten sigilosas por las noches y roban el ensueño a los que sufren del corazón, y que con cada letra, con cada tonada, se igualan a una apuñalada en el pecho, a un hierro ardiente que avanza lentamente cuando queremos olvidar todas aquellas cosas que nos hicieron llorar.
Estaba rodeado, me abalancé y embestí a los mas cercanos, pero pronto ya me veía con serias heridas, una me cruzaba el hombro, otra me franqueaba la espalda, mientras decapitaba a una de esas bestias, sentí la mirada frenética de otra por la espalda, con sus ojos ovalados, apenas visibles.
Cuando su brazo rodaba tras el filo de mi espada, ya era demasiado tarde, un puñal se cernía sobre mi espalda, incrustado hasta el puño, caí de rodillas y una flecha me llego en el vientre, rodé por el suelo y me di cuenta de que seguía llorando, una pena copiosa reposaba en mi alma, algo que en estos momentos ya es insoportable, un dolor hondo de esos que calan los huesos, todavía ahora dudo, de cómo llegué a pararme y erguirme de nuevo y seguir luchando, quizá fue la impotencia o la ira que se colmaba por mis venas, el deseo hondo de vengar una injusticia, no lo sé.
Pero en realidad, recuerdo haber sacado mi dagas cuando apenas me equilibraba, dos cayeron de una vez y luego otro mientras le cercenaba el vientre como rocío en una tarde estival, mis lágrimas caían sobre el escampado, luego otra flecha me hirió, pero para entonces sólo quedaban dos, entone mi último grito y mientras le hundía a uno mi espada el otro hacía lo mismo con la suya, tambalee y caí, ya en el suelo tomé mi espada y la lancé al pecho de aquel orco infame, luego, el también cayó.
Traté de arrastrarme y no pude...
En estos momentos en que la vida se me va, lloro más que nunca, estoy en la frontera de la muerte, y no tengo a nadie, sólo más de veinte criaturas inefables, y a la mujer que amé toda la vida...
Cuando aquella mujer abrió los ojos supe quien era, sus ojos grises como la noche no tenían comparación, me percaté al instante de que era ella, y ahora podría decir que estoy más muerto que vivo por el dolor de aquello, la dama de mis noches se ha ido, y su espíritu se fue rojo e incandescente hacia Menelmacar, pero aquello dista mucho de la verdad porque lo que alcanzó a hacer aquella musa en sus últimos segundos, eso si que ha cambiado lo poco que me queda de vida, porque en estos instantes recuerdo difusamente que antes de morir, sus dedos algo dibujaron en la tierra, algún galimatías no lo sé, pero ahora que mi mente se aclara, logro percibir lo que con su sangre escribió, porque aquello es lo que me atormenta ahora, mientras estoy aquí desangrándome, casi sin aliento y con mis ojos llorosos, con mis miembros dormidos, con mi mente agobiada...
Existe la posibilidad de que haya sido cierto, de que todo sea más injusto aún, sin embargo, ahora al parecer, se escuchan unos cuernos, quizás son los hombres del norte que vienen demasiado tarde, pero es muy tarde, ya que ahora me viene a la mente la palabra que escribió Lorelissë en la tierra, Fionn, y ahora si que lloro con el alma, lloro lágrimas de sangre, porque Fionn, Fionn era el nombre con el cual llamaríamos a nuestro hijo... íbamos a tener un hijo... y él ya esta muerto y yo, ahora también...
-¡Orcos!-grité
Eso fue lo único que alcance a decir, y quizás todavía vuelan aquellas palabras por el vasto viento, pero lo cierto es que al momento de hablar un zumbido infernal se coló por los aires, una ráfaga de flechas negras nos salió al encuentro. Vi a mi compañero desfallecer, sus miembros se retorcían en el aire mientras paulatinamente su espalda caía hacia la hierba. Cuando logré verle totalmente me percaté de que dos flechas le atravesaban el cuerpo, una en el vientre, otra en un brazo.
Un grito desgarrador arribó desde su desfigurada cara, presos del dolor, sus ojos desorbitados parecían ahogados en la muerte prematura. Yo tuve mejor suerte, si es que acaso en ese momento se podía hablar de suerte, pero en realidad sólo se me había incrustado una flecha en la pierna, pero al momento de intentar sacarla sentí cómo las hojas de la punta me desgarraban la carne, discretamente un calor irrumpió en la pierna herida, luego un dolor intenso me heló el corazón, mi cabeza empezó a dar vueltas y casi pierdo el conocimiento.
Por un momento me pareció estar dormido, pero no fue así, tras unos segundos me repuse y rápidamente fui en auxilio de mi compañero, estaba desmayado, le quite las flechas y cuando me disponía a llevarlo en mi hombro, una decena de orcos apareció por la espesura.
-¡Oh poderoso destino!-grité-. Déjame arrebatarles la vida a estos rostros informes ¡Ahora yo canto porque mi mirada es la espada que empuña mi mano, es la hoja afilada de mi espíritu humillado!
Levanté la mirada, miré al cielo cómo tantos otros han mirado, como tantos otros seguirán mirando, buscando alguna respuesta o tal vez algo de fuerza, alcé mi diestra hacia Menelmacar y cerré mi puño, hundiendo mis dedos en mi palma, tal como lo hicieron lo más antiguos de mis antepasados.
No terminaba de desenvainar mi espada cuando el primer orco se precipitó hacia mi, una atmósfera malsana se cernía por todo mi alrededor, no dude un segundo, y en un sólo movimiento, su cabeza rodaba a mis espaldas, en acto seguido, otra de aquellas bestias me lanzaba una estocada, pero en sus ojos yo desaparecí, rápidamente ya estaba en su retaguardia, hundí mi acero en su espalda, y un liquido púrpura brotó de la piel desgarrada, su cuerpo cayó y en seguida una gran laguna oscura ocupo el suelo. Cuando ya tenía a mi alrededor más de seis de los cadáveres de esas horrendas criaturas, aparecieron los últimos de ellos, en total eran cinco, pero uno de ellos, corpulento y de rostro irreconocible, parecía ser el jefe.
-¡Venid criaturas malditas! ¡Venid a encontrar vuestra muerte!
Y otra vez cuando mi espada ya se manchaba nuevamente con la sangre repudiable de esas bestias, gritaba:
-¡No os escucho! ¿Acaso no tienen garganta? ¡Oh sangre que emana de mis venas! ¡No permitas que estos seres me agravien! ¡Dioses del ocaso, dejadme entonar los cantos de los bosques nórdicos!
Sabía que esta sería la última vez que empuñaría mi espada, mi escudo ya no servía, mi pierna no respondía, pero era en verdad mi espíritu el que ya no respondía, estaba dormido, y ¡Hay de aquel que agoniza en la flojera del espíritu! ¿Acaso no era mi sangre la que otrora navegaba incesante por mis venas y ahora yace coagulada?
De pronto me vi rodeado, me lancé sobre un adversario, pero ya mi destino fatídico se desataba, al instante de hundir mi espada en el gran orco, sentí fugazmente el silbido de una hoja que acariciaba rápidamente el aire justo a mis espaldas. Al voltear, mis espaldas estaban manchadas en sangre.
Rojo e intenso, el fluido de la vida cubría mis vestiduras, se precipitaba gota a gota hacia mis piernas, y de ahí a la tierra. Un dolor encarnado me atravesó todo el cuerpo, en esos instantes, mi compañero caía inerte a mi lado.
No alcance a pensar, pero mi instinto me confió que aquel acto no desaparecería de mi memoria, aquel espíritu, pensé entonces, reposaría en los vientos celestiales por tiempos inmemoriales.
En un abrir y cerrar de ojos, una vida se iba, pero lo hacía para derramar la fuerza sobre otra que yacía en malsanos sopores. Agité mi espada, y mi ira se quebró en las armaduras de los inenarrables, mi espada cantaba, danzaba cortando sus miembros, silbando por los aires la sangre brotaba insistente, púrpura, pastosa a través de cada estocada. Ya no sentía el dolor en mi pierna, toda angustia era indiferente a mis sentidos, sólo quería aniquilar ese deseo insidioso de ver aquellos seres revolcándose de dolor sobre la hierba.
Cuando reposaban en los pastos las entrañas del orco más corpulento, me propuse dar sepultura a mi compañero, aquel hermano de la funesta batalla. Mientras terminaba de apilar las últimas piedras sobre el túmulo, entoné un canto, una elegía en su honor...Hablaba de su nobleza, de los paisajes que recorrimos, de sus ojos grises que entramaban toda posibilidad de la vida, como quien nace en tiempos equivocados, demasiado sabio, quizás demasiado inocente...Algunos versos pretendían describirle, y acaso bordearon algo de lo cierto, pero la verdad es que siempre quedaron en simples bosquejos. Otras letras tal ves más ambiciosas, intentaban relatar la gesta que aquel Edain hizo por su prójimo, espero ahora que esta trova quede en la memoria de todos los arboles, de toda aquella espesura y principalmente de las estrellas hijas del ocaso.
Más temprano que tarde, seguí mi camino en pos de mi aldea, que ya no distaba más que de algunos pies desde donde me encontraba.
En esos momentos sólo pensaba en mi amada, ojalá esté a salvo decían mis pensamientos, la luz que antes divisaba seguía destellando, lo que me siguió dando esperanzas, ya que significaba que aún luchaban las últimas fuerzas.
Cuando ya estaba sólo a algunos pies, se me contrajo el corazón, unos gritos angustiosos recorrían los aires, llantos de niños y gemidos de hombres pidiendo piedad. Rápidamente seguí corriendo, cuando llegué a los portales de la aldea corrí desesperadamente, lo que mis ojos veían no aceptaba objeción alguna de la razón, lo más siniestro que habría de presenciar en mi vida lo hice en aquellos instantes, en los parajes y tierras donde mi niñez asomo paso hacia la adultez. Angustiados y desgarrados se cernían por todos los espacios, los cuerpos sin vida de aquellos que fueron mis hermanos, corrí y corrí, trastabillando en el suelo, creo que caí mas de una vez, mareado, confundido de observar tanta aberración.
De pronto un grito me detuvo el aliento, venía de los alrededores, guiado por él llegue a una explanada y presencié el acto más cruel de todos, una decena de orcos arrastraba de los cabellos a lo que parecía una mujer, la sangre le inundaba el rostro, y sus pies y brazos estaban cubiertos de llagas. Grité hacía ellos y me abalance a atacar. Uno, dos caían a mi diestra y siniestra, sus miembros rodaban a mis pies, sus vientres desgarrados revelaban la anatomía aberrante de seres creados a base de oscuros sortilegios.
Cuando todos estaban muertos, me incliné sobre aquella angustiosa figura, la miré de reojo y pude notar que algo quería decirme.
En ese momento pensé que debería ir en busca de mi amada, tal ves estaba herida o maltratada, porque muerta no lo estaba, ya que mi alma todavía la sentía viva, pero por lo pronto mi deber era acompañar a esa pobre mujer en su último suspiro. Me tomo la mano, y me sobrecogió aquel acto, y no dude en aceptar aquella última petición, me fije en la comisura de sus dedos que apenas imperceptibles se podían ver a través de las heridas y deduje la gran belleza que pudo haber tenido en un pasado cercano.
Por un momento levantó su mano, más bien el dedo índice, y apuntó a Menelmacar hacía una de las estrellas que completaba su hombro, hacía el brazo que tenía la masa, la miré y vi poco a poco como su color antes azul se teñía levemente de naranjo, hasta llegar a un punto en que brillaba roja como la sangre. Eso me hizo levantarme para poder divisar mejor, y descartar que fuera mi imaginación, pero tal fue el caso que era verdad, una estrella de Menelmacar se había vuelto roja.
Miré de soslayo a la mujer y en ese instante me percaté de que lentamente abría sus ojos y cuando finalmente los tenía abiertos lloré como un pequeño como nunca antes había llorado, en aquel momento aquella mujer había muerto.
Cautelosamente una tropa de orcos aparecía por un claro, eran más de veinte, mi espíritu estaba quebrado, no sé cómo, pero en esos momentos todavía seguía en pie, no obstante, mi alma, mi mente, estaban emplazados en otros lugares, gustando del placer de la muerte venidera o quizás derramando lágrimas sobre la tierra, quien sabe, pero lo cierto es, que empecé a cantar una canción antigua, dolorosa, de muerte, de esas que se repiten sigilosas por las noches y roban el ensueño a los que sufren del corazón, y que con cada letra, con cada tonada, se igualan a una apuñalada en el pecho, a un hierro ardiente que avanza lentamente cuando queremos olvidar todas aquellas cosas que nos hicieron llorar.
Estaba rodeado, me abalancé y embestí a los mas cercanos, pero pronto ya me veía con serias heridas, una me cruzaba el hombro, otra me franqueaba la espalda, mientras decapitaba a una de esas bestias, sentí la mirada frenética de otra por la espalda, con sus ojos ovalados, apenas visibles.
Cuando su brazo rodaba tras el filo de mi espada, ya era demasiado tarde, un puñal se cernía sobre mi espalda, incrustado hasta el puño, caí de rodillas y una flecha me llego en el vientre, rodé por el suelo y me di cuenta de que seguía llorando, una pena copiosa reposaba en mi alma, algo que en estos momentos ya es insoportable, un dolor hondo de esos que calan los huesos, todavía ahora dudo, de cómo llegué a pararme y erguirme de nuevo y seguir luchando, quizá fue la impotencia o la ira que se colmaba por mis venas, el deseo hondo de vengar una injusticia, no lo sé.
Pero en realidad, recuerdo haber sacado mi dagas cuando apenas me equilibraba, dos cayeron de una vez y luego otro mientras le cercenaba el vientre como rocío en una tarde estival, mis lágrimas caían sobre el escampado, luego otra flecha me hirió, pero para entonces sólo quedaban dos, entone mi último grito y mientras le hundía a uno mi espada el otro hacía lo mismo con la suya, tambalee y caí, ya en el suelo tomé mi espada y la lancé al pecho de aquel orco infame, luego, el también cayó.
Traté de arrastrarme y no pude...
En estos momentos en que la vida se me va, lloro más que nunca, estoy en la frontera de la muerte, y no tengo a nadie, sólo más de veinte criaturas inefables, y a la mujer que amé toda la vida...
Cuando aquella mujer abrió los ojos supe quien era, sus ojos grises como la noche no tenían comparación, me percaté al instante de que era ella, y ahora podría decir que estoy más muerto que vivo por el dolor de aquello, la dama de mis noches se ha ido, y su espíritu se fue rojo e incandescente hacia Menelmacar, pero aquello dista mucho de la verdad porque lo que alcanzó a hacer aquella musa en sus últimos segundos, eso si que ha cambiado lo poco que me queda de vida, porque en estos instantes recuerdo difusamente que antes de morir, sus dedos algo dibujaron en la tierra, algún galimatías no lo sé, pero ahora que mi mente se aclara, logro percibir lo que con su sangre escribió, porque aquello es lo que me atormenta ahora, mientras estoy aquí desangrándome, casi sin aliento y con mis ojos llorosos, con mis miembros dormidos, con mi mente agobiada...
Existe la posibilidad de que haya sido cierto, de que todo sea más injusto aún, sin embargo, ahora al parecer, se escuchan unos cuernos, quizás son los hombres del norte que vienen demasiado tarde, pero es muy tarde, ya que ahora me viene a la mente la palabra que escribió Lorelissë en la tierra, Fionn, y ahora si que lloro con el alma, lloro lágrimas de sangre, porque Fionn, Fionn era el nombre con el cual llamaríamos a nuestro hijo... íbamos a tener un hijo... y él ya esta muerto y yo, ahora también...

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