
-Creo que es hora de cambiar las guardias-dijo él-. De todas formas esta noche estrellada me ha quitado el sueño, y creo que caminaré un poco.
-Esta bien señor, nosotros nos ocuparemos-contestó Elmir.
Fëaradan un poco desconcertado se alejó a grandes trancos por la hierba. Al avanzar algunos pies, se encontró con una empalizada de arboles de generosa majestuosidad, abetos y fresnos de troncos dorados y gruesos insinuaban la experiencia de largos años bajo la Luna, sus ramas frondosas y sinuosas, oyentes del cantar de innumerables pajarillos junto a las claras hojas de un anaranjado otoñal, simulaban igualar la belleza del firmamento. Pero mayor fue el asombro del Edain, cuando al avanzar un corto trecho, encontró un angosto sendero que cortaba por una ciénaga, parecía hecho en tiempos de antaño, quizá por aquellos pastores inefables que recorrían la tierra de Arda cuando aún era joven, ya todo esto en tiempos inmemoriales que escapan a toda comprensión mortal. O tal vez un poco más ceñida a la verdad, surge la idea de que aquella senda podría haber sido hecha en tiempos más recientes por algunos montaraces errantes, sin embargo mientras Fëaradan cavilaba sobre la edad de aquellas espesuras, la nubes se agregaban en formas extrañas que auguraban la caída del agua desde el mapa celeste.
La Luna creaba diversas formas entre el follaje, transformando sus sombras en criaturas imaginarias, que cualquier mortal podría haber dado por verdaderas, pero aquel ser que caminaba por aquella senda era un hombre de alta talla, y naturalmente, pocos secretos de tales parajes escapaban de su conocimiento.
El rumor del viento se escurría por el pliegue de las ramas en las copas de los abetos, y adormilaba a la floresta en una mágica somnolencia, aveces suave, aveces ambigua, que recordaba a esa enigmática sensación de pequeñez que siente cualquier mortal cuando se interna en tierras inexploradas.
Fëaradan había dejado atrás varias zancadas, y a medida que avanzaba, más se maravillaba, acababa de comenzar una mortecina llovizna, y él todavía no recordaba que sus ojos vieran tanta belleza reunida en un solo lugar. La predisposición armoniosa del arbolado, la alfombra de pétalos carmesíes en la tierra, la melodía del viento y el aroma bucólico que se respiraba, le hacía imaginar los paraísos del Oeste de los cuales tanto se rumoreaba.
Cuando ya la Luna había avanzado un cuarto de su recorrido, Fëaradan se percató que el sendero terminaba abruptamente unos pies más allá, donde se encontraba una seguidilla de acebos. Al llegar ahí, su mirada franqueo los arboles que ocultaban lo venidero, en ese momento lo inefable se hizo presente, el tiempo y el espacio cobraron nuevos surcos para aquel hombre, la frontera de lo real y lo irreal ya no estaba definida, lo onírico y lo majestuoso se apoderaba de aquel espíritu y lo hacía viajar por universos extraños y estrellas remotas, de donde ni siquiera Eru tenía conocimiento.
Ante él, como una nebulosa idílica, se cernía una pequeña laguna de aguas cristalinas, los rayos de la Luna reflejados en su superficie, emulaban danzas de dioses primigenios y albores de tiempos olvidados, el caudal de índigo cristalino recordaba a los ojos de los Noldorin de otrora.
Pero esto no fue lo que atrajo la mirada de aquel hombre, quizás fue la fontana que se atisbaba allende, suave y de agua de añil, emplazada de manera que un bello manantial discurría por el boscaje, o acaso lo que lo mantenía atónito era la elegía canora de voces acompasadas que se tejía cuando el agua caía de la diáfana cascada.
Pero ciertamente, todo esto no tenía comparación alguna con aquello en donde su mirada se perdía...
Lo que sus ojos todavía confusos admiraban era aquello que estaba en medio de la laguna, aquella efigie en la cual la fina garúa incidía. Sería un agravio tratar de describir aquello que ni las palabras de los Valar podrían expresar, ni incluso los más osados bardos de las tierras nórdicas quisieran estar ante dilema tal, pues aquella silueta que distaba mucho de la belleza actual, correspondía a la gloria pura de la naturaleza encarnada en el cuerpo de una mujer.
El agua le ocultaba los tobillos, su blancura se extendía por todo su cuerpo hasta llegar a su fina cara que contrastaba, pero a la vez hacia completa armonía con su pelo azabache, al igual como lo hace la luna y la noche en el espacio efímero. Fëaradan no pudo eludir aquella mirada, sus pupilas se hundieron en aquellos dos abismos indecibles y así su vida fue muerte y su muerte su vida, mucho se ha hablado sobre esto, ya que pocos son los que osan intentar tan arriesgada hazaña, porque el mágico tormento que se vive cuando dos miradas se cruzan de manera tal, dista poco de ser trivial, sino que a lo mucho no se rebaja de una sensación eterna, que deambula entre la vida y la muerte.
Sería inútil y aventurado dilucidar lo que los bosques vírgenes presenciaron aquella noche, pero aunque, afrentoso pareciera, aquellos dos seres se tiñeron del sopor más mágico jamas visto, y reposaron juntos mirándose a los ojos como nunca según dicen, lo hicieron otros...

1 comentario:
Holas compàñero!...
Vi gungrave... notable la serie.... Excelente el personaje de brandon heat, y excelente también, a mi gusto, el personaje de bear walken... cualquier estilo!....
Estas viendo berserk parece.... Ten cuidado!!.. Yo bajé esa serie, pero parece que no la terminaron... llega hasta como el capítulo 23 y no siguó más.. si tienes los demás capítulos por ahí, guardala y me la pasai después.. quedé entero metido sobre el final...
Saludos, y suerte...
cuidate
Pato
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