
Corría furtivamente en la húmeda hierba, espada en mano y escudo en la otra, mis pies cansados recorrían los sinuosos senderos de un bosque de arboles tan viejos como la tierra misma, troncos anchos y de oscuros matices, raíces que sobresalían del suelo como garras pensantes, ramas nudosas y laberínticas que en otoño aparecían desnudas y tiernas como un fugaz lamento. Sin embargo, era posible apreciar, como una alfombra de anaranjadas hojas se posaba a los pies de los troncos cada vez que el viento soplaba. Cuando el sol despuntaba por el Este, el boscaje se inundaba de alegría, situado entre dos cadenas de montañas de picos escarpados y nieves eternas, éste era un lugar de belleza sin igual en lares tan recónditos. Un torrente de mediana longitud, nacido en las alturas proporcionaba el agua necesaria para vivir, vadeaba los oquedales de naciente a poniente, remedando la estela de un cometa que fecunda la espesura de la floresta en una noche noctambula. La extensa manigua acababa varias millas al sur en una larga explanada mullida de junquillos, bohordos y barrones. La borrasca me golpeaba en el rostro, confiándome las funestas hazañas que se desataban en los campos venideros, mis pensamientos conversaban lastimosamente, buscando un consuelo o simplemente una tregua entre la razón y la ira, o tal vez, trataban de conciliar la llamarada de los sentimientos que emergían iracundos e inefables cuando la luna alcanzaba el cenit. De pronto, escucho el redoble de una fuerza colosal, un estruendo que resonó como un trueno en los valles, como un huracán en las quebradas, y a la vez como una bella trova en cada sendero recorrido por los viejos pastores, el sonido aquel, ya no tenía enigma para mis sentidos, porque no era sólo el oído el que lo palpaba, sino que también mi cuerpo, mi olfato, mis ojos, mis entrañas, porque ¿Acaso no era un aroma a pasto miel, que avanzaba como un embrujo a mi mente? ¿No había un intenso destello en el escampado que otrora habría sido tomado como la lucha entre los elementos? Lo que yo escuchaba era la gran llamada, era la elegía del Gran Cuerno que como un rugido que desafía al viento y a todo cuanto tiene oídos en estas vastas regiones, animaba a responder la gran marcha de los hombres. Pareciese que todavía en las penumbrosas llanuras del Este se escuchara aquel cántico, pues al finalizar el gran llamado, ¡La tierra empezó a tronar! ¡Era la tierra que replicaba a través de las gargantas de aquellos hombres!, en seguida, sentí miles de voces que entonaban la música de batalla, la sangre me hervía en el cuerpo, y mis músculos se excitaban, ¡Oh estrellas del ocaso! ¿Qué cántico era aquel, que consumía mi espíritu como ceniza del fuego imperecedero? ¿Qué fuerza indecible inundaba el atrio de nuestros pesados corazones? ¿Qué otra cosa que no fuera el cariño a nuestro pueblo era lo que nos mantenía en pie en aquellas llanuras? En aquel instante comprendí que sólo la valentía acompañada de un instinto suicida podría avalar tal maniobra.
En el frente una ola de inmensas proporciones se acercaba paulatinamente, oscura, malsana y deforme, pero lo suficiente para hacer replegar lo poco de ejercito que nos quedaba, hombro con hombro, espada con espada nos enfilamos hacia el frente.
La horda de orcos se hacía inminente, grité con lo poco que me quedaba de garganta y apunté mi espada al firmamento, parecía que empuñaba mi vida con ella, mis recuerdos, mis anhelos, empecé a correr, y el primer choque de armaduras me llegó desde la delantera. Pasado un momento la muerte se colaba por todos los espacios, encantando a los espíritus de los caídos, envolviéndolos en su fatídico destino. Miré a mi diestra y un estrépito se precipitó hacia mis oídos, el ensordecedor contacto de metales ahogaba el aullido del viento y se acumulaban como ecos de augurios sombríos en los anales del tiempo, adelante, un hombre caía derrotado, rodeado de cuatro seres inenarrables, que al sólo mirarlos un grito de repugnancia me caló los huesos. Titubee un momento, pero en seguida me lance sobre ellos, sin embargo, cuando ejecutaba tal acto me sentí desfallecer ¿Cómo alguien puede resistir la mirada a lo más avieso de la existencia sin desgarrarse los ojos? Un aire corrupto me golpeó el semblante, la vista se me hizo nebulosa, y lo poco que pude advertir, dudosamente podría ser descrito sin perder la cordura, era la representación más nauseabunda y mefítica de la vida... A unos metros de mi, se abalanzaban unos entes que ni la mente más enfermiza podría concebir, no tenían rostro, o si lo tenían, no podía distinguirse, ya que era una masa informe, blanda y opaca que remataba en dos surcos ovalados, que de color rojo, al parecer, hacían el papel de ojos. De forma instintiva apreté el puño de mi espada y arremetí sobre el primer ser que se me acercaba, alcé mi brazo y la hoja de mi fiel espada relució como un alarido desesperado por todo el campo yermo.
Aseste el primer golpe sobre el flanco derecho y derribe su escudo, luego en un rápido movimiento hundí la hoja en lo que parecía ser su vientre, pero súbitamente, un jadeo pútrido me llego desde la retaguardia. No lo pensé dos veces y desenfundé mi daga y la enfilé rápida y mortal sobre el pusilánime que me atacaba por la espalda, a dos metros de mi, caían dos criaturas que ni la mente más indiferente podría olvidar...
En aquel momento advertí que ya no quedaban más hombres a mi alrededor, todo el campo estaba invadido de una neblina y pesada borrasca, aquellas criaturas se habían disipado en medio de la oscuridad, apenas podía distinguir mis manos y acaso eso era gran esfuerzo, quizás aquellos malsanos seres tenían un objetivo más importante, y ese motivo era más que evidente...no contentos con nuestra derrota, empezaban a avanzar hasta nuestras aldeas...
Me percaté que lentamente el fuerte canto que se entonaba allá a lo lejos empezó a declinar, de pronto, caí de rodillas apoyado en mi espada, en ella un líquido ponzoñoso se avistaba, traté de calmarme, pero fue inútil, sabía que estaba todo perdido, no se necesitaba gran pericia en batallas para adivinar que nuestras huestes caían rápidamente derrotadas, no por falta de gallardía, sino por desventaja. Observé el horrendo espectáculo que se cernía sobre el lugar, recordé melancólicamente lo que antes fuera un hermoso vado rodeado de abetos por el Este y acebos por el Sur, flores doradas que en primavera coronaban la explanada y se confundían con los rayos del sol como zafiros en un camino de miel, pero ahora, surcos de sangre se derramaban por todas partes, cuerpos destrozados y otros sin vida yacían en la oscuridad, participes de una guerra que no les pertenecía y un destino poco merecido. Un hálito de temor me envolvió el alma, caí al suelo rojo, sumido en extraños sueños, quizás remembranzas del pasado, tal vez augurios del futuro...
En el frente una ola de inmensas proporciones se acercaba paulatinamente, oscura, malsana y deforme, pero lo suficiente para hacer replegar lo poco de ejercito que nos quedaba, hombro con hombro, espada con espada nos enfilamos hacia el frente.
La horda de orcos se hacía inminente, grité con lo poco que me quedaba de garganta y apunté mi espada al firmamento, parecía que empuñaba mi vida con ella, mis recuerdos, mis anhelos, empecé a correr, y el primer choque de armaduras me llegó desde la delantera. Pasado un momento la muerte se colaba por todos los espacios, encantando a los espíritus de los caídos, envolviéndolos en su fatídico destino. Miré a mi diestra y un estrépito se precipitó hacia mis oídos, el ensordecedor contacto de metales ahogaba el aullido del viento y se acumulaban como ecos de augurios sombríos en los anales del tiempo, adelante, un hombre caía derrotado, rodeado de cuatro seres inenarrables, que al sólo mirarlos un grito de repugnancia me caló los huesos. Titubee un momento, pero en seguida me lance sobre ellos, sin embargo, cuando ejecutaba tal acto me sentí desfallecer ¿Cómo alguien puede resistir la mirada a lo más avieso de la existencia sin desgarrarse los ojos? Un aire corrupto me golpeó el semblante, la vista se me hizo nebulosa, y lo poco que pude advertir, dudosamente podría ser descrito sin perder la cordura, era la representación más nauseabunda y mefítica de la vida... A unos metros de mi, se abalanzaban unos entes que ni la mente más enfermiza podría concebir, no tenían rostro, o si lo tenían, no podía distinguirse, ya que era una masa informe, blanda y opaca que remataba en dos surcos ovalados, que de color rojo, al parecer, hacían el papel de ojos. De forma instintiva apreté el puño de mi espada y arremetí sobre el primer ser que se me acercaba, alcé mi brazo y la hoja de mi fiel espada relució como un alarido desesperado por todo el campo yermo.Aseste el primer golpe sobre el flanco derecho y derribe su escudo, luego en un rápido movimiento hundí la hoja en lo que parecía ser su vientre, pero súbitamente, un jadeo pútrido me llego desde la retaguardia. No lo pensé dos veces y desenfundé mi daga y la enfilé rápida y mortal sobre el pusilánime que me atacaba por la espalda, a dos metros de mi, caían dos criaturas que ni la mente más indiferente podría olvidar...
En aquel momento advertí que ya no quedaban más hombres a mi alrededor, todo el campo estaba invadido de una neblina y pesada borrasca, aquellas criaturas se habían disipado en medio de la oscuridad, apenas podía distinguir mis manos y acaso eso era gran esfuerzo, quizás aquellos malsanos seres tenían un objetivo más importante, y ese motivo era más que evidente...no contentos con nuestra derrota, empezaban a avanzar hasta nuestras aldeas...
Me percaté que lentamente el fuerte canto que se entonaba allá a lo lejos empezó a declinar, de pronto, caí de rodillas apoyado en mi espada, en ella un líquido ponzoñoso se avistaba, traté de calmarme, pero fue inútil, sabía que estaba todo perdido, no se necesitaba gran pericia en batallas para adivinar que nuestras huestes caían rápidamente derrotadas, no por falta de gallardía, sino por desventaja. Observé el horrendo espectáculo que se cernía sobre el lugar, recordé melancólicamente lo que antes fuera un hermoso vado rodeado de abetos por el Este y acebos por el Sur, flores doradas que en primavera coronaban la explanada y se confundían con los rayos del sol como zafiros en un camino de miel, pero ahora, surcos de sangre se derramaban por todas partes, cuerpos destrozados y otros sin vida yacían en la oscuridad, participes de una guerra que no les pertenecía y un destino poco merecido. Un hálito de temor me envolvió el alma, caí al suelo rojo, sumido en extraños sueños, quizás remembranzas del pasado, tal vez augurios del futuro...

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